Bruno Lemonnier / EL INFORME-periodismo científico-
Ciudad de México, México.

La inmunidad colectiva es la protección de una población ante un agente infeccioso gracias a la presencia de individuos inmunes. En otras palabras, un virus o cualquier agente patógeno puede frenar su fase de transmisión cuando suficientes personas inmunes actúan como “barrera” para impedir que la enfermedad alcance a los más vulnerables. Normalmente este tipo de inmunidad se da con las vacunas, pero al no existir aún una vacuna contra el SARS COV-2 que produce la Covid-19, una de las esperanzas es que, al haber suficientes personas “inmunes” (por ejemplo, que ya hayan sido contagiados), el virus perderá su fuerza de propagación. “En el juego de transmisión de algún agente patógeno, existen tres segmentos de individuos: los susceptibles, los infectados y los inmunes. El segmento de los sujetos infectados es el que propicia y mantiene la transmisión del agente infeccioso a los susceptibles, mientras que el conjunto de individuos inmunes frente a una infección constituye la inmunidad colectiva y la interacción entre estos tres da lugar a ciclos periódicos infecciosos”, escribe Vaqué Rafart, Doctor en Medicina y Catedrático en Medicina Preventiva y Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona

Aún así, no hay evidencia clara para decir que las personas previamente contagiadas no puedan hacerlo de nuevo. De acuerdo con la OMS, no existe certeza alguna de esta inmunidad tras padecer Covid-19”. Esa fue su respuesta ante la declaración de algunos gobiernos que han sugerido que la detección de anticuerpos contra el coronavirus puede servir como base para un “pasaporte de inmunidad” o “certificado libre de riesgos” que los identifique como protegidos de la reinfección, pero ningún estudio ha corroborado esto e incluso se han reportado algunos casos de recaída para quienes ya se habían enfermado, como pasó en Corea del Sur.  Muchos pensarían que la solución es que los individuos más sanos de una población “se contagien” y así serán inmunes, pero, ¿es una buena idea?

¿Cómo es el proceso de inmunidad?

En pocas palabras, la inmunidad natural es un proceso complejo que se desarrolla normalmente durante un par de semanas. El virus solo es material genético que se reproduce al inyectarse en una célula viva, como las células epiteliales de los pulmones. El virus inyecta su material genético en un receptor específico de la célula y reproduce muchas copias de sí mismo, destruyendo la célula huésped y contagiando a otras células de manera exponencial.

 

Nuestro sistema inmune responde de una manera sumamente agresiva y violenta con tormentas de citoquinas (pequeñas proteínas que controlan la liberación de otras células del sistema inmune), causando un daño terrible en el organismo. Por ejemplo, existen dos tipos de células muy destructivas: los neutrófilos, que son células que destruyen tanto al virus como a nuestras células;  y las células T, que obligan a células infectadas y sanas a cometer suicidio. Normalmente este episodio violento pasa después de un tiempo y el paciente se recupera sin problemas ( aunque también puede presentar complicaciones severas), el cuerpo produce anticuerpos (inmunoglobulinas) y previene una nueva infección. A esto se llama inmunidad celular, la cual puede disminuir progresivamente con el tiempo y las personas inmunes pueden reconvertirse en susceptibles, es decir, se pueden contagiar de nuevo. En este video se explica gráficamente el proceso.

Ojo, no debemos confiarnos

Se ha hablado mucho de factores de riesgo de mortalidad, es decir, los atributos de ciertos grupos que presentan un mayor riesgo de morir por causa del virus (diabéticos, población de la tercera edad, hipertensión, alguna enfermedad autoinmune, etc). De lo que se ha hablado poco es sobre las repercusiones a largo plazo en pacientes sanos. Mi inquietud va hacia los efectos “colaterales” del virus.

Estos días, se han publicado papers científicos y notas periodísticas sobre pacientes sanos que comenzaron a presentar daños en otras partes del cuerpo, además de los daños pulmonares. El Doctor Thomas Oxley, neurocirujano del Sistema de Salud Mount Sinai en Nueva York y sus colegas, dieron detalles sobre cinco personas tratadas por accidente cerebrovascular: Todos tenían menos de 50 años y tenían síntomas leves de infección por  el SARS-COV-2 (también había asintomáticos) “El virus parece estar causando un aumento de la coagulación en las arterias grandes, lo que lleva a un derrame cerebral grave”, dijo Oxley a CNN. Estos casos también se han detectado en otras partes, principalmente en los Estados Unidos.

Otros pacientes presentaron daños renales, “ Casi la mitad de las personas hospitalizadas por Covid-19 tienen sangre o proteína en su orina, lo que indica un daño previo en los riñones […] Del 14 al 30 por ciento de los pacientes de cuidados intensivos en Nueva York y Wuhan perdieron la función renal se requiere una diálisis” dijo Alan Kliger, un nefrólogo de la Facultad de Medicina de Yale. Un paper  presentado por médicos del Departamento de Nefrología del Hospital Tongji, en Wuhan, plantea una asociación entre enfermedad renal y mortalidad en pacientes hospitalizados con COVID-19. Aproximadamente el 13% de los pacientes tenían enfermedad renal subyacente, más del 40% tenía evidencia de función renal anormal y el 5.1% tenía lesión renal aguda (IRA) durante su estadía en el hospital.

Quizá la lista sea más larga, la evidencia también apunta a daños en el corazón, como miocarditis o arritmias, o síntomas más leves, como conjuntivitis o diarrea. Todos estos daños pueden ser provocados por las tormentas de citoquinas, además de las consecuencias de otros agentes patógenos que se aprovechas de la situación; los medicamentos o la fiebre provocada en el paciente. El punto aquí, y no quiero parecer alarmista, es que quizá se esté pasando por alto que el virus puede tener daños severos a largo plazo, los cuáles aún no conocemos. Aún debemos tomar todas las precauciones, no es tan fácil como enfermarse y volverse inmune. La evidencia ahora es poca, ya que hacen falta muchos estudios, pero no debemos pensar que no pasa nada: la COVID-19 está aún lejos de ser erradicado. Evaluar los riesgos no solo significa tomar las medidas para el corto plazo y prevenir la mortalidad y la saturación de los servicios de salud (lo cual también es muy importante), sino determinar si habrá daños permanentes o peor aún, un rebrote en la temporada invernal. Hay que evitar contagiarse a toda costa. En estos momentos nos encontramos en aguas desconocidas, pues no sabemos cuáles podrían ser los efectos a largo plazo para quien contrajo el virus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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